Formacion humano critiana
Por Eduardo Alvarez
Comenzaremos explicando que desde en
épocas muy antiguas hasta el surgir de nuestros tiempos se ha preguntado y se
ha vuelto en un problema el estudio acerca del entendimiento, la razón, la
constitución y el surgir del hombre, veamos como el pensamiento griego abarca
su filosofía en este sentido para lograr una respuesta acerca de este gran
enigma. Demócrito consideraba al hombre como un “microcosmos de origen divino y
con un alma encadenada al cuerpo”. Heráclito nos dice que el hombre tiene la
facultad de entender el sentido de los acontecimientos mundanos. Sócrates por
otro lado concebía que la sabiduría hace bueno al hombre y de ahí sale con su
famosa frase “conócete a ti mismo”, hallando lo divino y lo inmutable.
Por otro lado Platón nos muestra el alma como esencia pura, como
algo perfecto en el cual radica la dignidad e inmortalidad del hombre, muestra
al cuerpo como la cárcel del alma. Aristóteles supera este dualismo platónico
del alma y cuerpo, mostrando que el hombre es unidad sustancial, porque su alma
es la forma que con la materia constituye al cuerpo; sin embargo como
espiritual se le define por elemento cognoscitivo (racional), dejando en
segundo plano otros atributos más importantes como la libertad, el amor y la
comunión personales. Aristóteles le rinde mayor importancia al
alma espiritual, como principio interno que conforma al cuerpo y que es aquel
elemento racional e inteligible.
Cabe destacar que en la dimensión
espiritual hay dos conocimientos muy importantes que deben estar identificados
en si para lograr conocer mejor sus relaciones con la voluntad libre, llegar a
un valor ético que culmina con el amor, estos son el conocimiento intelectual y
el apetito volitivo. El conocimiento intelectual lo podemos entender como un
juzgar de consecuencias, un razonar, un reflexionar sobre sí mismo. De aquí
filosóficamente se deduce que estas operaciones se producen de un principio
espiritual que psicológicamente es llamado “inteligencia”. El apetito volitivo
ya entra la voluntariedad de la persona, su valor y en especial su libertad.
Es bueno mencionar que el conocimiento
intelectual es una profunda solución ante un problema, es sumergirse en lo
hondo del pensamiento y encontrar una posible respuesta o solución ante la
dificultad. En cambio el apetito volitivo, es prácticamente la
voluntad libre enmarcada en el campo intelectual, es la voluntad humana que se
inclina hacia algo bueno, culminando en el amor como valor, la
voluntad es la que hace que realicemos ciertos actos, por ejemplo, yo digo,
quiero ir al cine, pero sé que debo estudiar para examen, en
otras palabras, así como la inteligencia es espiritual porque conoce que conoce,
la voluntad es espiritual porque quiere querer su propio querer.
En otro orden de ideas mencionaremos que
la certeza de la creencia no es un acto más de la conciencia entre otros, sino
el telos en el que desembocan esencialmente todos los actos de conciencia: así,
en el orden cognoscitivo, la duda, la opinión, la sospecha, etc., no son sino
actitudes inestables y provisionales que tienden a la certeza y se colman en
ella. Por
otra parte, la creencia interviene en los actos de conciencia de un doble modo,
como un índice que tiende al objeto, propiamente al estado de cosas antes de que
se me dé en su integridad a la conciencia, y como el carácter de confirmada que
asume la creencia una vez que el objeto, o en su caso el estado de cosas, se
han hecho presentes.
Con
lo anterior expuesto hemos transitado desde la creencia en general al estrato
de la creencia religiosa. A un nivel sociocultural, puede decirse que la
creencia religiosa ha impregnado a todos los pueblos desde la más remota
antigüedad, sólo desde ella ha podido el hombre dar cauce a las inquietudes y
sombras relativas al universo y al sentido de la existencia. Es de notar que no
se trataba por lo común de opciones meramente individuales, sino que la
formación de las comunidades y el ingreso de alguien nuevo en ellas iban acompañados
de un rito religioso. Hemos de advertir que la creencia religiosa por sí sola,
si bien encuentra un asidero antropológico nítido e inesquivable, no presenta
por el lado objetivo un carácter fidedigno.
Podemos mencionar que a diferencia de la
creencia -sea o no de índole religiosa-, la fe no es un mero estado mental,
sino que añade la actitud de entregamiento a aquel en quien se cree. Esto
excluye que el factor creencia dependa en la fe íntegramente de evidencias
naturales o adquiridas, o bien que la creencia asumida en la fe fuera el sólo
resultado de la búsqueda humana. El lugar de las evidencias lo ocupan en la fe
los signos de credibilidad, y lo que en otros casos es actividad de búsqueda,
en la fe viene reemplazado por la disposición interior receptiva a ella.
Asimismo, la entrega pone de relieve en la fe de modo más patente que en las otras
creencias su voluntariedad, al estar implicada en ella toda la persona que
cree.
Por
otra parte el componente racional de la fe está estructuralmente enlazada con
la esperanza y la caridad, comprender la fe trae consigo expresarla en palabras
o confesarla y estas palabras a su vez pueden ser vertidas a los hechos en los
que Dios se ha manifestado. Por otra parte la fe y la esperanza son
necesarias cuando el que las ejercita tiene que remitirse del signo al ser que
está detrás y lo hace inteligible, pero, una vez que se haya revelado Dios tal
como es en plenitud, cara a cara, lo que ha de poner en ejercicio el hombre es
sólo el amor, es decir, la fe y esperanza se relacionan en virtud del amor.
A
manera de conclusión podemos expresar que la fe esté asociada a la esperanza
puesta en el Ser en quien creo, es posible porque este Ser personal es Amor, en
palabras de San Juan (1Jo 4, 16), la imagen
y semejanza del hombre con Dios se advierten, en el hombre, en que no puede
vivir sin amor, como dice Juan Pablo II (Redemptor hominis, n.10a), o en que "amor
meus, pondus meum", según expresión de San Agustín. Pero
ahora podemos destacar que no sólo se implican
fe y esperanza, sino que también hay un discernimiento mutuo, lo cual se hace posible,
por la componente intelectiva que ambas poseen. Así, pues que fe y esperanza,
como distintas que son, pueden sostenerse mutuamente.
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